Los cambios socioeconómicos de la modernidad influyen y fomentan las familias disfun-
cionales estas repercuten en la personalidad: baja autoestima, frustración, soledad,
depresión, estrés, etc.
Agregando el impacto de los medios de comunicación y las redes sociales tendremos
condiciones propicias para el anidamiento de creencias irracionales sobre la perfección
y la belleza.
Se suma a lo anterior, el hecho que la imagen corporal se va creando desde la niñez y,
por lo tanto, los padres ejercen una influencia transgeneracional, puesto que la madre o
padre que fue sometido a cirugía plástica cosmética expone a su hijo a padecer el mismo
trastorno.
Además, la imagen toma gran importancia en la adolescencia, donde resulta fundamental
para el desarrollo psicosocial de los jóvenes.
Este cuadro afecta a 5% de la población general, entre 8 a 11% de la población consul-
tante en dermatología y entre 6 a 15% de los pacientes sometidos a cirugías plásticas.
Se evidencia a partir de la adolescencia, con una prevalencia similar entre hombres y mujeres,
en donde el pronóstico depende en alguna medida de la intervención psicoterapéutica precoz,
ya que el 80% de estos pacientes tiene ideación suicida.
Se produce por una forma localizada, por ejemplo el rostro, o una difusa como la vigorexia,
en donde se asocia al uso de anabólicos.
Los focos de preocupación son la piel en el 60% de los casos, el cabello en 50%, la nariz en
40%, 25% el color de piel; y síntomas dermatológicos como arrugas, manchas, marcas vas-
culares, acné, poros grandes, grasa, cicatrices, palidez, excesivo vello; foliculitis y cicatrices;
consecuencias del raspado de la piel y el arranque de vello imaginario.
Según los estudios, el 97% de las personas con estos trastornos evitan las actividades sociales
normales y ocupacionales debido al sentimiento de vergüenza por su apariencia.
Muchos tienen una baja autoimagen y creen que un cambio en su imagen corporal aumentaría su
autovaloración y mejoraría sus vidas considerablemente.